Facturar 2.000 euros al mes y ganar 2.000 euros al mes son dos cosas muy distintas. Entre una cifra y otra aparecen los gastos del negocio, la cuota de autónomos, el IRPF y, en muchos casos, el IVA. Por eso, cuando alguien se plantea trabajar por cuenta propia, una de las primeras preguntas debería ser: ¿cuánto tengo que facturar para quedarme con 2.000 euros limpios?
No existe una cifra válida para todos. Depende mucho de la actividad y de sus costes. Aun así, podemos hacer números para aproximarnos a una cantidad realista.
Facturación, beneficio y dinero disponible no son lo mismo
Supongamos que un profesional factura 3.500 euros al mes antes de IVA. Esos 3.500 euros no son su sueldo.
Primero tendrá que afrontar los gastos necesarios para desarrollar su actividad: gestoría, alquiler, teléfono, programas informáticos, seguros, publicidad, desplazamientos, material… La Agencia Tributaria establece, con carácter general en estimación directa, que el rendimiento se obtiene restando de los ingresos los gastos deducibles debidamente justificados y vinculados a la actividad.
Un diseñador que trabaja desde casa puede tener unos costes relativamente bajos. Un autónomo con un local, empleados, vehículo o maquinaria necesitará una facturación muy superior para obtener el mismo beneficio.
Por eso, la cifra verdaderamenteimportante no es cuánto se factura, sino cuánto queda después de pagar los gastos necesarios para generar esa facturación.
La cuota de autónomos también depende de lo que se gana
Desde 2023, los autónomos cotizan mediante un sistema vinculado a sus rendimientos netos. En 2026 existen 15 tramos, tres en la tabla reducida y doce en la general.
Por ejemplo, para rendimientos mensuales superiores a 2.330 y hasta 2.760 euros, la base mínima de cotización en 2026 es de 1.356,21 euros. Para rendimientos superiores a 2.760 y hasta 3.190 euros, sube a 1.437,91 euros.
Sobre la base correspondiente se aplican los diferentes tipos de cotización. En 2026 son el 28,30 % por contingencias comunes, 1,30 % por contingencias profesionales, 0,90 % por cese de actividad, 0,10 % por formación profesional y 0,90 % por el Mecanismo de Equidad Intergeneracional.
Esto significa que hacer el cálculo utilizando una supuesta “cuota fija de autónomos” puede llevar a conclusiones equivocadas.
¿Y el IVA? No debemos contarlo como ganancia
Este es otro error habitual. Imaginemos una factura de 1.000 euros a la que se aplica el tipo general de IVA del 21 %. El cliente paga 1.210 euros, pero eso no significa que el autónomo haya ganado 1.210 euros.
En el régimen general, el autónomo repercute el IVA a sus clientes y posteriormente calcula la diferencia entre ese IVA repercutido y el IVA soportado deducible de sus compras y gastos para determinar lo que corresponde ingresar. Agencia Tributaria
Por eso, cuando hablamos de cuánto necesita facturar un autónomo para ganar 2.000 euros, resulta mucho más claro realizar los cálculos sobre la base imponible, sin sumar el IVA.
El IRPF tampoco es simplemente un 15 %
También es frecuente calcular el beneficio restando automáticamente un 15 % de IRPF a las facturas. No funciona exactamente así.
En las actividades profesionales sujetas a retención, el porcentaje general es efectivamente del 15 %, mientras que los profesionales de nuevo inicio pueden aplicar un 7 % durante el año en el que comienzan la actividad y los dos siguientes, si cumplen los requisitos.
Pero estas retenciones son pagos a cuenta del IRPF, no el impuesto definitivo. El resultado final dependerá de los rendimientos obtenidos durante el año, los gastos, las circunstancias personales y familiares y otras rentas o reducciones que puedan existir.
Así, dos autónomos que facturen exactamente lo mismo pueden terminar pagando cantidades diferentes en su declaración de la renta.
Hagamos números: ¿cuánto habría que facturar?
Podemos construir un ejemplo sencillo. Pensemos en un profesional sin empleados que quiere disponer de 2.000 euros netos mensuales, tiene unos gastos profesionales de 400 o 500 euros al mes y no disfruta de una cuota reducida de inicio de actividad.
Si factura 2.500 euros mensuales, difícilmente conseguirá su objetivo. Solo los gastos del negocio y la cotización consumirán una parte importante de esa cantidad, y todavía habrá que reservar dinero para el IRPF.
Con una facturación de 3.500 euros mensuales sin IVA, en cambio, después de descontar 500 euros de gastos quedarían 3.000 antes de considerar completamente cotización e IRPF. El resultado se acercaría bastante más al objetivo, aunque la cantidad final dependerá de las circunstancias fiscales y de cotización del profesional.
Como referencia orientativa, un autónomo con pocos gastos puede necesitar facturar aproximadamente entre 3.500 y 4.000 euros mensuales, sin IVA, para disponer de alrededor de 2.000 euros netos al mes. No es una regla fiscal ni una cifra universal: es un orden de magnitud útil para hacer una primera previsión.
Eso supone una facturación anual aproximada de 42.000 a 48.000 euros antes de IVA.
Los gastos pueden cambiar completamente el cálculo
Pensemos ahora en un pequeño comercio que pretende proporcionar esos mismos 2.000 euros mensuales a su propietario. Tiene que comprar mercancía, pagar el alquiler del establecimiento, electricidad, seguros y otros gastos.
Si para vender 6.000 euros necesita adquirir mercancía por 2.000 y soporta otros 1.500 euros de costes, su situación es radicalmente distinta de la del profesional que factura 6.000 euros trabajando desde casa.
Por eso resulta más útil plantear el cálculo al revés: partir del dinero que se quiere ganar y sumar costes, cotizaciones y una estimación razonable de impuestos. Después puede calcularse cuántos clientes, horas facturables o ventas hacen falta para alcanzar esa cifra.
Y todavía conviene añadir cierto margen. Vacaciones, enfermedades, clientes que pagan tarde, meses con menos trabajo o una inversión imprevista también forman parte de la realidad de trabajar por cuenta propia.
Facturar 3.500 euros no equivale a tener un sueldo de 3.500 euros. Saber qué cantidad necesita generar realmente el negocio permite fijar mejor los precios y comprobar si una actividad es rentable antes de descubrir, al terminar el año, que una facturación aparentemente elevada dejaba mucho menos dinero del esperado.