Las empresas que incorporan directivos con responsabilidades estratégicas (dirección general, financiera, recursos humanos, operaciones, etc.) necesitan un instrumento jurídico sólido que defina con precisión las obligaciones, facultades y límites de ese puesto. Ese instrumento es el contrato de alta dirección, una figura especialmente regulada en el ordenamiento español y que se diferencia claramente de un contrato laboral común.

Redactarlo correctamente no solo es una obligación legal, sino una garantía para la empresa: evita conflictos, refuerza la seguridad jurídica y establece una relación profesional clara con el directivo. Pero, ¿qué debe incluir un contrato de alta dirección y cómo debe plantearse? Te mostramos los elementos esenciales y buenas prácticas para elaborarlo con rigor.

 

¿Qué es exactamente un contrato de alta dirección?

El contrato de alta dirección es aquel que regula la relación entre la empresa y un profesional que ejerce poderes inherentes a la titularidad de la empresa y actúa con autonomía y plena responsabilidad, siguiendo solo criterios generales marcados por el órgano de administración.

Es decir, no cualquier mando intermedio o jefe de departamento es alto directivo: debe tener capacidad real de decisión, poder de representación y responsabilidad sobre áreas estratégicas de la compañía. Por ello, este contrato tiene un tratamiento legal especial que permite mayor flexibilidad en materia de jornada, retribución, despido y pactos adicionales.

 

La importancia de definir bien el alcance del puesto

Uno de los errores más frecuentes es no describir con claridad las funciones y responsabilidades del directivo. Una redacción vaga abre la puerta a interpretaciones y conflictos. El contrato debe especificar el área de actuación (dirección general, dirección de operaciones, dirección comercial…), los objetivos y responsabilidades clave, su nivel de autonomía y las decisiones que puede adoptar sin autorización superior y la dependencia jerárquica (normalmente el consejo de administración o la propiedad).

Cuanto más detallada sea la definición del puesto, más claridad habrá para ambas partes y menos riesgo de que se reinterpreten las funciones como propias de un contrato laboral ordinario.

 

Cláusula de retribución: variable, bonus y beneficios

La retribución en un contrato de alta dirección suele ser más compleja que en otros puestos. Debe incluir: la retribución fija anual; la retribución variable, con indicadores medibles (EBITDA, crecimiento de ventas, objetivos operativos, etc.); los bonus extraordinarios, si se aplican, y las retribuciones en especie (coche de empresa, seguro médico, stock options, dietas, vivienda, etc.).

Lo fundamental es que todo esté claramente documentado, evitando promesas informales o variables no objetivamente medibles, que son una fuente habitual de reclamaciones.

 

Duración del contrato y periodo de prueba

El contrato de alta dirección puede ser indefinido o temporal. En ambos casos, es recomendable incluir la duración pactada o referencia a la condición indefinida, y el periodo de prueba, que puede ser de hasta un año, aunque lo habitual es fijar entre 6 y 12 meses. Este periodo es clave en posiciones de responsabilidad, pues permite evaluar el encaje del directivo sin incurrir en indemnizaciones elevadas.

 

Régimen de dedicación y competencia

La normativa permite pactar cláusulas específicas de dedicación exclusiva, de no competencia durante la relación laboral, de no competencia postcontractual, con compensación económica obligatoria, o un pacto de permanencia si el directivo recibe formación especial o estratégica. Estas cláusulas deben redactarse con precisión para que sean válidas y proporcionadas, ya que, si son excesivas, podrían ser anuladas por un juez.

 

Confidencialidad y protección de información estratégica

Los altos directivos manejan información extremadamente sensible: estrategias de negocio, datos financieros, propiedad intelectual, know-how, información de clientes y proveedores… Por ello, es imprescindible incorporar una cláusula de confidencialidad robusta, que incluya:

  • El tipo de información considerada confidencial.
  • La obligación de custodiarla durante y después de la relación laboral.
  • Las responsabilidades en caso de incumplimiento.
  • El procedimiento para devolver documentación al finalizar el contrato.

Una buena cláusula de confidencialidad es un elemento de protección vital para cualquier empresa.

 

Indemnización y extinción del contrato: otro punto crítico

La extinción del contrato de alta dirección se regula de forma distinta a la de los trabajadores ordinarios. Aquí es donde muchas empresas se encuentran con litigios costosos si la redacción no es correcta.

Para evitarlo, el contrato debe detallar:

  • Indemnización en caso de desistimiento empresarial (si la empresa decide poner fin a la relación). La ley fija un mínimo de 7 días de salario por año trabajado, pero puede pactarse uno superior.
  • Indemnización por dimisión del directivo, si se desea, o pactar ausencia de indemnización.
  • Causas de despido disciplinario, con una redacción clara para evitar interpretaciones.
  • Preavisos, tanto para la empresa como para el directivo (lo habitual es un mínimo de 3 meses).

Regular correctamente esta parte evita conflictos y protege a la empresa ante bajas inesperadas o direcciones fallidas.

 

Propiedad intelectual e industrial

Si el directivo participa en la creación de sistemas, modelos de negocio, software, mejoras de procesos o materiales estratégicos, conviene añadir un apartado sobre propiedad intelectual e industrial, definiendo que los derechos sobre cualquier desarrollo realizado en el marco de su trabajo pertenecen a la empresa.

 

Firma, anexos y protocolos internos

Finalmente, el contrato debe formalizarse por escrito e incorporar anexos con descripción detallada del puesto, políticas internas de compliance, protección de datos, reporte financiero, etc., y el código ético o manual de buen gobierno, si aplica. Esto demuestra profesionalidad y refuerza la seguridad jurídica del acuerdo.

 

Un contrato de alta dirección bien redactado evita conflictos, protege la estrategia empresarial y permite que el directivo desempeñe sus funciones con claridad y seguridad. Dado que regula responsabilidades críticas, siempre es recomendable elaborarlo con rigor técnico y, preferiblemente, con asesoramiento para empresas especializado.

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